Crónica 2014

Un año para el recuerdo

Gracias Señor. Gracias por permitirnos ser una vez más tus pies, tus ojos; esa luz que guía tus pasos con el llameante resplandor de un cirio. Porque ya son 150 años rendidos a tu esplendor. A esa mirada que nos cautiva, que nos hace sentir libres de todas las penas que nos rodean. Porque tú, nuestro Señor de la Caída, también eres los pies, ojos y luz que marca nuestro destino. Tú y tú Santa Madre, la Virgen del Rosario, que con su manto sagrado cubre nuestros corazones con un velo de esperanza que en los momentos de mayor dificultad nos hace sonreír sin saber muy bien por qué. Tan solo sentimos que somos felices; que no hay nada mejor en este mundo que estar junto a Ellos.

 

Cosa que hicimos el pasado Martes Santo, que sin duda será recordado como uno de los días más bonitos y esplendorosos en la historia de nuestra hermandad. Y no es para menos. Acompañados por un fulgente sol de primavera, que al fin nos dio ese respiro que tanto ansiábamos desde hace años, siempre condicionados por la amenaza de lluvia, un buen puñado de hermanos se congregaron a las puertas de nuestra Casa de Hermandad para ver salir a su Cristo Caído y María Santísima del Rosario. Y se hizo el silencio absoluto.

Silencio por ver cómo los costaleros daban lo mejor de sí mismos para sacar ese hermoso paso dorado, trono de Dios hecho hombre, bajo la atenta mirada de su Madre. Pero silencio también por estar un año más frente a frente ante el Señor y la Virgen, que de algún modo ya nos dejaban entrever lo magnífica que iba a ser la noche de este Martes Santo que conmemoraría nuestro 150 aniversario fundacional. ¡Y no podía haber sido mejor!

Cientos de nazarenos con sus cirios prendidos en fila listos para realizar su estación de penitencia. El característico repicar de los tambores indicando que el Señor ya iniciaba su marcha “carregat en una creu”, como reza ese poema que desde niños se nos ha enseñado. Y miles de ilicitanos agolpados en las calles de la ciudad esperando posar sus miradas en el Señor de la Caída y la Madre de Dios del Rosario, guapa como ella sola. Pero qué vamos a decir, si como madre nuestra no podríamos quererla más.

 

Aunque en estas lides, son sus costaleras las que de verdad demuestran con una pasión envidiable el cariño y amor que sienten por la Virgen, a la que cada año portan con tal devoción y alegría que el resto de los mortales solo podemos sentir envidia por no tener ese privilegio. Y es que no todos los días se tiene la oportunidad de ser los pies de María Santísima. Y mucho menos que esos pies caminen con tantísima elegancia como ellas lo hacen. Por eso, ante tal derroche de arte solo podemos gritar ¡olé esas costaleras! Ellas y por supuesto también ese grupo de camareras que durante todo el año, se afanan porque la Madre de Dios luzca lo más guapa posible.

Y no menos esplendoroso iba el paso de misterio portado por los costaleros al son de las cornetas y tambores de Daimiel, que desde la Parroquia de San José inició su imponente andadura hacia el centro de la ciudad derrochando arte con cada una de sus zancadas. ¿Lo mejor? Su paso por el barrio, con especial mención para la ya clásica cuesta de Santa Ana, donde la emoción, el fervor y la alegría por ver al Señor Caído repartiendo salud entre los ilicitanos crearon una estampa inolvidable. ¿Cómo olvidar algo así?, si fueron muchos los que con lágrimas en los ojos gritaron “Vivas” y “Oles” a nuestro Cristo.

Señor que con cada levantá al cielo nos acercaba un poquito más a esa gloria bendita que solo conocen los que disfrutan del placer de formar parte de una hermandad como esta. Cofradía que tras 150 años, y después de toda clase de vicisitudes y contratiempos, continúa repartiendo alegría por las calles de Elche, demostrando a los ilicitanos que La Caída se instauró en nuestro oasis de palmeras para perdurar durante siglos. Y así será, viendo la cara de ilusión con la que los más pequeños disfrutaron de este gran día.

Porque, no lo olvidemos, ellos son el futuro. Los que más adelante tomarán las riendas de esta gran hermandad manteniendo intacto el legado que nos dejaron hace siglo y medio D. Blas Valero y D. Pascual Fuentes. Como también es historia ese encuentro decano con la Santa Mujer Verónica en Plaza de Baix, que cada año presencian cientos de ilicitanos; o de forma reciente la vuelta del Cristo y María Santísima a su barrio, atravesando diversas calles céntricas de gran atractivo visual por la estrechez del recorrido.

 

Todo para finalizar por todo lo alto en las inmediaciones de San José, donde ese pequeño Cristo de Zalamea nos recibe cada Martes Santo con los brazos abiertos, bendiciéndonos por todo el esfuerzo realizado. Y es que aunque desde fuera todo queda reflejado en un único instante, que es la mágica noche del Martes Santo, tras de sí se esconde el trabajo de todo un año: las crecientes obras de caridad que organiza la hermandad; las charlas de formación, los trabajos de priostía, cultos, etc. Labores que, en definitiva, convierten a La Caída en una hermandad de pura cepa. Un colectivo de fieles que lo dan todo durante los 365 días al año para que ese mensaje de amor y paz que nos regaló Jesús mantenga su vigencia entre los ilicitanos. Un pueblo que en la noche del Martes Santo, volvió a brillar como nunca ante el paso del Cristo Caído y su Santa Madre. 

 

Alberto Pastor (Periodista y Responsable de Prensa y medios de

comunicación de la Hermandad)

Fotografías: Valentí