Encendido de velas

La noche se ilumina

Cual rito iniciático, el “encendido de los cirios” supone la entrada de nuestra hermandad en la Semana de Pasión.

Encendido de velas

El acto no tendría gran relevancia si no fuera porque la luz, la llama de los cirios, es un símbolo de carácter espiritual que anida en la conciencia de los humanos desde el principio de los tiempos.

En los templos cristianos observamos que las velas siempre están prendidas para el culto. El origen de esta costumbre hay que buscarla en los siglos I al III de nuestra era, cuando la iglesia primitiva sufría la persecución del Imperio Romano y los fieles tenían que reunirse en las catacumbas, donde la oscuridad era absoluta y, por tanto, debían de alumbrarse con candelas. De esta costumbre arranca, desde el siglo XI, la práctica de usar velas encendidas en los oficios litúrgicos, quedando de este modo las velas como símbolo de Cristo Luz del Mundo.

Hace más de una década, La Caída, sobre la media noche del Lunes Santo, acomete un acto sencillo, íntimo, de puro recogimiento, encargado de preparar el cuerpo y el espíritu de nuestros cofrades y así afrontar con valentía el gran reto que tendrán que superar en la noche del Martes Santo.

El acto consiste en encender los cirios de los pasos. Hacia las doce de la noche, un grupo de costaleros y costaleras, en la más absoluta intimidad, se encaraman sobre la plataforma de los pasos e inician el “Encendido de las Velas”, cirios que iluminarán a Jesús y a su Madre por el doloroso camino del Calvario.

Los cofrades congregados, en la oscuridad de la noche, frente a las puertas de la Casa de Hermandad esperan con impaciencia el nacimiento del nuevo día.

En el mismo instante que Calendura descarga, por primera vez, su pesado martillo sobre la campana de la torre del ayuntamiento, desde el interior de la sede emerge un sonido solemne de tambores, de inmediato cesan los murmullos de los congregados, el silencio lo invade todo. ¡Silencio absoluto! Los martillos de los pasos, al unísono, golpean los yunques. Las puertas lentamente se abren y un tenue aroma a incienso y cera se escapa por la abertura. El resplandor de las llamas deslumbra la mirada. Una voz grave inicia el Padre Nuestro y un coro de voces, embargadas por la emoción del momento, entonan la plegaria. ¡Ya es Martes Santo!

La luz de los cirios flameantes, que titilan titubeantes ante el Cristo de la Caída y María Santísima del Rosario, su Madre, pregonan en silencio que algo arde en cada uno de los corazones de nuestros cofrades: la fe y la alegría de los que están convencidos que tanto Cristo como María están presentes.