Son las 18.00 horas. Desde unas horas antes el trasiego de cofrades y vecinos es incontenible, se arremolinan, murmuran, ríen, inquietos y nerviosos, a las puertas de la Casa de Hermandad, esperando, ansiosos, la salida de los primeros claveles que, al asomarse, anuncian la presencia de los titulares de la Cofradía. Es Martes Santo.
Tras su salida de la Casa de Hermandad, la comitiva encomienda sus pasos hacia el Asilo de la ciudad, donde, los mayores, plenos de ilusión y esperanza, hacen guardia a sus puertas, año tras año, a la espera de la emotiva visita del Señor y su Madre. La tradición marca este lugar de forma especial, parada obligada. Fuera del recorrido oficial de la Cofradía, este es uno de los momentos más entrañables de la procesión, el reencuentro de nuestros mayores con su Jesús Caído y con su Señora del Rosario.
Precisamente, a los más desfavorecidos, prestó siempre el Nazareno la mayor de las atenciones, por ello, la “revirá” que alinea el Misterio rumbo a la Iglesia de San José y la posterior “levantá” al cielo de Elche, van dedicadas por entero a ellos, mientras su madre, paciente, espera detrás para enjugar sus rostros con el manto de su bondad. Las sonrisas y lágrimas se entremezclan, se funden, muchos de ellos habrán de esperar un año más para poder compartir, de nuevo, y cara a cara con su Familia Celestial, esos mágicos momentos.

El Asilo queda atrás, hay que seguir el camino, al fondo se vislumbra ya, imponente en el cielo cada vez más oscurecido, la torre del antiguo Convento franciscano de San José, la morada de nuestros sagrados titulares, edificio del siglo XVII, que en el siglo siguiente sería reconvertido en hospital, y que, en la actualidad, junto a la Iglesia del mismo nombre, de estilo barroco, y el Claustro, alberga la Biblioteca y Archivo municipales. Han transcurrido más de dos horas desde que se abandonó la Casa de Hermandad. Se ha cubierto la primera etapa de la procesión de Martes Santo: el traslado de los pasos hasta San José , aunque la cofradía no está oficialmente en la calle, el Señor de la Caída y su Santísima Madre están perfumando el barrio del Plá de San José con su caminar. Esta primera parte, peregrinar hacia el templo, motivada por las grandes dimensiones de los pasos de Misterio y del Palio que impiden su salida desde el interior del Convento, lejos de ser un problema, permite que todos los vecinos puedan contemplar, maravillados, el caminar del Hijo del Hombre con su Cruz a cuestas y a su Dolorosa Madre, en toda su grandeza. Ambos, pasean orgullosos por su barrio, no es una despedida. Llegados a este punto y mientras los últimos rayos de sol del Martes Santo se esconden, todo está preparado para comenzar el recorrido oficial.
Los hermanos visten túnicas negras y fajín rojo, con capa negra ribeteada en rojo sobre la que aparece bordado el escudo de la Cofradía, al igual que en el negro antifaz. El hábito se completa con una medalla en la que aparece Nuestro Cristo Caído, circundado por una corona de espinas, con cordón rojo salpicado en dorados y negros. Todo está preparado, cofrades, costaleros y costaleras, alets, camareras, tambores... la Estación de Penitencia comienza.
El cortejo se abre con la Cruz de Guía y el Pendón Enseña negro con escudo e insignias de la Hermandad, rematados en su extremo, luciendo crespón negro en señal de duelo, tras ella, parte del grupo de tambores que, con su son característico, tañen sus cajas alertando al pueblo de Elche, el Señor Caído y su Madre están en la calle. Este primer tramo se completa con un nutrido cuerpo de nazarenos, formados en dos hileras, portando blandón con los colores de la Cofradía, mientras que, en la parte central, los niños, los pequeños cofrades, presente y futuro de la Cofradía, se encuentran dispuestos para acompañar a los sagrados titulares en su recorrido de Pasión, y todo ello, por supuesto, bajo la atenta dirección de los alets. Otro grupo de tambores, a golpe de baqueta, rompe la tarde.
A continuación, precediendo el paso de Misterio, auténtica obra de arte cubierta de oro, una pareja de penitentes porta la ofrenda litúrgica del incienso, perfumando el tortuoso caminar de Nuestro Padre y alentando los ánimos de la cuadrilla de costaleros que, orgullosos, acariciando las trabajaderas, levantan al cielo, ayudando a Jesús a levantarse en cada caída... y a cada “levantá”, a la voz del grupo de capataces, pequeños soles se iluminan, con renovadas fuerzas, en el interior de las tulipas mientras la cera, vibrante y nerviosa, brota para dormir, durante unos instantes, en el dulce regazo de los dorados guardabrisas. La luz golpea, una y otra vez, el sereno rostro del Señor, su sufrimiento se hace más vivo si cabe, Él dio su vida por todos nosotros.
En su lecho, el morado iris y el rojo clavel son testigos mudos de cada segundo de su Divina andadura. Un romano, un judío y Simón de Cirene completan la escenografía del paso. El Misterio avanza de frente, decidido, seguido por la banda de cornetas y tambores y en perfecta armonía con éstos. Cada paso, para mayor Gloria del Redentor, es un empujón más en su caminar, unas veces alegre, otras reposado, elegante, una caída, pasito para atrás y nuevo impulso, rompiendo la nube aromática, el Señor no está solo.
Tras la banda de CC y TT, una representación de la presidencia de la Hermandad sigue los pasos del Caído. A continuación, el tramo mariano, igualmente organizado en dos hileras de nazarenos que marchan delante de Nuestra Sra. del Rosario, junto a las camareras de la Virgen que, de riguroso luto, mantilla y rosario, acompañan a María en su inmenso dolor. Al fondo, plateada y grana, se vislumbra una luz, la Señora en su paso de Palio camina tras su Hijo, afligida, portada por las valientes costaleras a los sones de la banda de música, tampoco Ella está sola.El crujir de los preciosos varales del palio magistralmente labrados y coronados por rosarios se convierte en una armoniosa sintonía, un puro y blanco exorno floral y la tierna luz de la candelería, escoltan a Nuestra Madre. Tras la banda, otra representación de la Presidencia cierra el cortejo oficial. Sin embargo, son muchos los vecinos que, en su devoción, desean seguir, respetuosos y emocionados, los pasos del Señor y su Madre por todo el recorrido, cientos de estrellas iluminan la tarde.
La calle de Santa Ana a oscuras. Miles de ilicitanos expectantes. El olor a incienso bañando al barrio de San José y unos tambores repicando sin cesar al son de cornetas que anuncian la llegada de Nuestro Padre Jesús de la Caída y su Santa Madre, Nuestra Señora del Rosario. El día más grande para la Cofradía, el Martes Santo, supone el fin de un duro año de trabajo; meses de preparativos que se traducen en un importante cortejo de nazarenos, escoltados por el que es sin duda uno de los grupos de tambores más reconocidos de la ciudad, que salen a la calle acompañando a nuestras Sagradas Imágenes Titulares. Un recorrido repleto de momentos memorables, como la subida de la cuesta de Santa Ana o los encuentros de Nuestro Padre Jesús con la Santa Mujer Verónica en la Plaza de Baix o la Virgen del Rosario frente la a Basílica Santa María, que llega a su fin cuando nuestras Imágenes Titulares se sitúan frente a la patrona de Elche, la Virgen de la Asunción.

