Pregón del 2001

Amaya Gómez Giner

Sr. Presidente, reverendo D. José Moltó, miembros de la Junta de Gobierno, cofrades de La Caída de Ntro. Padre Jesús, amigos todos.


Cuando he asistido a un acto de similares características al que hoy estamos viviendo, y he escuchado palabras tales como responsabilidad, orgullo, honor, etc, en cierta manera me parecían eso, palabras. Es hoy cuando al dirigirme a vosotros encuentro todo su significado. Ya que es una responsabilidad, a la vez un honor y un orgullo participas de esta manera en un acto de tal relevancia en nuestra cofradía. Vaya por delante mi agradecimiento al haberme confiado el privilegio de ser la pregonera de este año.


Por fin está rayando ya el mes de Abril, ese mes que está irremediablemente ligado en nuestra mente y nuestro corazón a la Semana Santa. Escuchar la palabra Abril, o primavera, evoca en muchos buenas temperaturas, playa, excursiones, aroma de flores frescas en el campo…; sin embargo a un número más reducido de personas nos recuerda otro tipo de aromas: el de la cera, o el incienso mezclados con el de claveles, lirios, rosas o iris que adornan los pasos de nuestra Semana Santa.


Un aroma que desde hoy comienza a hacerse cada vez más presente en nuestras vidas y que en el caso de los Cofrades de La Caída alcanzará su máxima intensidad la tarde del Martes Santo. Entonces, aquello que desde la pasada Semana de Pasión era un recuerdo de imágenes, sonidos, aromas y sentimientos, se convertirá en una realidad palpable.


Elche volverá a ser por unos días réplica de aquel pueblo de Judea llamado Nazaret, y los ilicitanos pasearemos orgullosos a nuestros pasos, que se convertirán en retratos naturales de los momentos más dramáticos vividos por Jesús; desde el Prendimiento hasta su Muerte y Resurrección.

Pero muchas veces cometemos el error de limitarnos a procesionar sin indagar en cual es el verdadero origen de esta tradición popular y religiosa; por qué procesionamos, cuándo empezó el ser humano a demostrar su devoción a Cristo, la Virgen y los Santos en la Semana Santa, por qué surgieron las cofradías.


Pues bien, las cofradías se crearon como “hermanas religiosas” de los antiguos gremios, con el santo afán de perpetuar el recuerdo de aquellos hechos históricos y la devoción de venerar un acto de amor limpio, puro y generoso. El Hijo de Dios que se hace hombre y entrega su vida por amor a los hombre.


Éstas surgieron en el S. XV como organizaciones benéficas que dependían de órdenes religiosas, y bien se puede afirmar que el primigenio origen de las cofradías estuvo en el Concilio de Trento. Pero el desarrollo de la Semana Santa a lo largo del tiempo ha sufrido diversos altibajos. Si bien en el S. XVI hay un auge claro de las cofradías y sus procesiones gracias a la consagración del arte de la talla en madera que en ese siglo se producen; en el S. XIX desaparece parcial o totalmente la Semana Santa en algunas zonas de nuestro país, debido a la decrepitud de la economía nacional, incluso llegando a producirse requisamientos del patrimonio de muchas Hermandades por parte de las tropas francesas que en ese momento ocupaban el país. Más tarde, la Restauración recuperó de nuevo las procesiones rogativas y trajo consigo la aparición de las primeras “mantillas” que acompañaban a los pasos. Y ya, fue en el S. XX y a causa de la Guerra Civil cuando se produjo un cese casi total de las actividades externas de las Hermandades. El resurgir cofrade debió esperar hasta 1940 con la finalización de la guerra.

Todos estos cambios a lo largo de la historia han hecho tal y como es la actual Semana Santa. Para verla, oírla y sentirla así de bonita hay todo un montaje increíblemente perfecto alrededor de ella. Y cada uno de los detalles que la conforman tiene un porqué y una razón de ser.


¿Por qué vemos tan hermoso a nuestro Cristo en su primera salida?, ¿por qué es tan espectacular su imagen cuando toca su dorada canastilla los primeros rayos de sol desde el Viernes Santo del año anterior?, ¿ por qué les cuesta tanto a nuestros costaleros año tras año realizar la salida?


Parece que los costaleros desde las “tinieblas” de las trabajaderas en una actitud egoísta no nos quieran entregar a Jesús todavía, o quizás teman empujarlo hasta la calle porque comenzar el recorrido significa el principio del fin. ¡Qué lento es el trayecto pero qué rápido termina todo! La puerta es demasiado pequeña para tan espectacular trono, hay una dificultad consciente en la salida. ¿No fue difícil para Él portar esas Cruz?, ¿no le fue difícil cargar con nuestros pecados hasta llegar a dar su vida por nosotros? Sí, el paso saldrá pero con arte y tino. Como cada año la gente esperará emocionada escuchar las órdenes litúrgicas de los capataces. Es el rito de salida.


Una vez el paso está ya en la calle es recibido por los tambores, que con toque firme y monótono evocan el eco del paso de soldados romanos hacia el Calvario o los martillazos desgarrando carne de las manos de Nuestro Señor. Algunos alets acompañarán al Cristo en su amargo caminar hasta las puertas de la Parroquia de San José. Alets guardianes del paso, que le procuran un camino un poco más fácil, y que le guardan desde el anonimato, desde la soledad y la intimidad que viven durante unas horas; conjunción de responsabilidad, penitencia y orgullo por realizar tan importante tarea.

En San José y bajo el cielo del atardecer se produce la primera “levantá la cielo”, es entonces cuando podemos contemplar la grandiosa belleza de Nuestro Señor arrodillado en su trono. Él que se desliza sobre una alfombra de claveles rojos como evocación amarga de Sangre Viva. Alumbrado por una luz indecisa y mortecina de candelabros de ligero metal vibrátil que cubren la cera, cera que llora. Él, doblado por el peso de la Cruz padece, sufre y llora; y nos mira y vemos su cara dulce que nos llama a llorar nuestros pecados junto a Él, mientras llora mansamente su dolor y nos muestra su Serenidad de Dios. Mezcla de imágenes, imágenes de Semana Santa.


Imágenes subiendo la cuesta de Santa Ana, como Cristo, sus captores y sus acompañantes subieron el Monte Calvario. Vara y blandones chocan contra la calzada. Sonidos de Semana Santa que se atenúa cuando para el paso, confundiéndose con la música de la banda, de los tambores y de las cornetas. Dando paso al crujir de la madera de la próxima “levantá”, o quizá al arranque de algún quejido hecho música, de alguna saeta. O al sonido del paso menudo, seco y acompasado de los costaleros que parece un eco inmenso del paso de Cristo. Si guardamos silencio quizás lleguemos a oír el sonido del gotear de las velas de los penitentes, o incluso el sonido del propio silencio, que se hace patente en algunos instantes de esa gran prueba que es la subida de “la cuesta”. Y después, aplausos sinceros y enfervorizados al girar el paso en busca del carrer d´Asp, donde el público aguarda esa claridad dada por los candelabros que anuncia la aparición del “trono de oro”, del Señor y Simón el Cirineo apiadándose del Caído. Ya se puede apreciar el olor de “La Caída”, ahora sí, cuando los cirios ya van bien quemados, cuando los costaleros ya han sudado el camino, cuando los niños ya han gastado parte de su bolsa de caramelos, Son aromas de Semana Santa.

¡Qué bonito queda!… entramos en la Plaça de Baix; el toque del tambor es aún más riguroso, la corneta resuena triste, pero altiva, los nazarenos y los alets nos esforzamos en acompañar al Señor, si cabe con más elegancia, con la que Él se merece. Y la Santa Mujer Verónica vuelve a abrirse paso entre la multitud para presentarle a Cristo su sudario extendido como lo hizo hace 2000 años.


El camino es cada vez más corto, ya casi hemos llegado, aún así y a pesar del cansancio los costaleros siguen andando sin correr, muy despacito, no sea que la Cruz le haga al Señor más daño. ¡Que no caiga un solo clavel, ni un iris!


El final del trayecto está próximo, mezcla de gozo porque un año más hemos compartido con todos algo que es muy nuestro, la belleza física de un sentimiento íntimo; y triste porque se nos termina el Martes Santo, ese ensueño fugaz y borroso que volverá a habitar en nuestra mente en forma de recuerdos hasta el año que viene.


Contemplaremos a Nuestro Padre Jesús de La Caída cruzar el Pórtico Mayor de Santa María y bajo nuestro capuchón quizás resbale alguna lágrima al escuchar, entre el retumbar de los tambores, la voz del capataz que dice por última vez:

Oída la voz.
Todos por igual.
¡A esta es!
¡Al cielo con Él!