Pregón del 2002

Antonio Sánchez Vicente

Sr. Cura Párroco, Sr. Presidente y Cofradía de la Caída de Nuestro Padre Jesús, fieles de la Parroquia, amigos…


Ante todo quiero daros las gracias por invitarme a participar en este acto tan entrañable para la cofradía. Soy vecino del barrio del Plá. Mi vinculación con el barrio no es nueva. Cuando era niño me gustaba jugar en las calles de este rincón histórico de la ciudad. Visitar la parroquia formaba parte de un ritual casi diario. Siempre hacia lo mismo, empezaba visitando la capilla del Cristo de Zalamea, después entraba a la Parroquia y recorría cada uno de sus rincones, saludando con devoción y gestos cariñosos a las imágenes con las que me iba encontrando.


Al llegar al crucero de la iglesia, mis ojos se encontraban con una triste, dulce y penetrante mirada. Para poder contemplar más su belleza, caminaba lentamente hacia su hornacina. Frente a Él, podía contemplar todos sus detalles. Bajo su larga melena se escondían párpados caídos, marcadas ojeras, boca semiabierta, barba poblada y unas gotas de sudor y sangre parecían emanar de su frente herida. Para mí era el Señor. Su profunda y perdida mirada me transmitía una gran paz. Cuando llegaba a casa intentaba recordar todo lo nuevo que había visto en él y mis pequeñas manos empezaban a moldear con plastilina al Señor de La Caída. Terminada la imagen, hacia una pequeña peluca con hilo negro y con los filamentos cobrizos del trozo de un cable preparaba una corona de espinas. Con pequeñas flores secas y algunas velas, decoraba una pequeña caja de cartón. Ya tenía el paso hecho, me pasaba horas contemplándolo, rectificándole algún detalle y comprobando que la imagen no se desprendiera de mi pequeño trono.


Con los años dejé de visitar la Parroquia y al Señor de la Caída, y también dejé de moldear aquellas figuras que con tanta ilusión nacían de mis manos cada año antes de Semana Santa.

Después de un tiempo, entre en la cofradía de la Verónica. Era la primera vez que participaba en la Semana Santa. La libertad de movimiento que me ofrecía ser Alet, me permitía disfrutar mejor del encuentro en la Plaça de Baix. El encuentro era especialmente emotivo para mí. Mis ojos se volvían a cruzarse con los de Señor de La Caída. Su expresión era la misma, yo sin embargo, me había hecho un poco más mayor.


Cuando oigo ensayar a los costaleros cada año por primera vez pienso: “pero… si hace unos días estaba comiendo turrón, ¿cómo puede ser que ya este aquí la Semana Santa?, ¡cómo pasa el tiempo!. Si empezáis un poco más tarde, porque el calendario es así, os echo en falta. Todo esto, no sería igual sin el sonido, el color y el olor que endulzan el momento. A lo largo del año, el barrio del Plá se convierte en escenario de diferentes manifestaciones culturales y religiosas: festejos a San José, a San Pascual, a la Virgen Milagrosa, incluso la Patrona es festejada por los vecinos en recintos y comisiones de fiestas en el mes de agosto. Cuando se aproxima la primavera, cuando los históricos rincones del barrio recuperan la luz que ha perdido eclipsada durante el invierno, el barrio se prepara par la Semana Santa. Cuando llegan estas fechas y paso cerca de la sede de la cofradía el olor es más intenso; el incienso se mezcla tonel olor a madera y policromía. Por la noche un sonido que llega desde lejos, penetra en el barrio. El cauce del río se convierte en caja acústica de una repetitiva melodía, la misma que conocieron nuestros antepasados… “Jo l´he vist passar carregat amb una creu…” Los tambores de la Caída de Nuestro Padre Jesús anuncian la Semana Santa en toda la ciudad. Mientras esto ocurre al otro lado del río, otros sonidos emanan desde las calles del barrio. Decenas de pares de alpargatas arrastrando, marchas que se escapan de un pequeño equipo de sonido, la voz de ánimo del capataz, el seco tocar del llamador y el murmullo de amigos y familiares que acompañan a sus costaleros incluso en los días más fríos del invierno.


Martes Santo de madrugada, los sonidos del barrio se convierten en oración, llega uno de los momentos más emotivos para la cofradía, hay que encender las velas. La luz de las tulipas iluminan el hermosos y abatido rostro del Jesús que conocí cuando era pequeño, el de la mirada triste, dulce y penetrante.

Por la tarde, antes de las seis los costaleros empiezan a enfajarse sus cinturas y a calzar sus alpargatas. La metamorfosis ha convertido al hombre en costalero, su rostro pronto quedará preso entre las trabajadoras del paso. Tras unos minutos de oración se abren las puertas del local; los costaleros dispuestos a maniobrar; la concentración y la comunicación con su capataz es fundamental para que todo salga bien. El silencio se hace en la calle, La Caída está a punto de salir. La estrechez de la calle del Forn del Plá no hace fácil el trabajo. Los respiraderos del paso, son las ventanas que comunican al costalero con el exterior. A través de ellos, el costalero se emociona al ver al público que aplaude porque todo ha ido bien. La Caída está en la calle, y ahora es Él, el señor de la mirada triste, dulce y penetrante, paseando por delante de mi casa. Un grupo de tambores acompaña la improvisada procesión hasta la parroquia y los vecinos emocionados responden: “Un any mes l´he vist passar”.


Cuando declina el día, empiezan a formarse las filas de los cofrades; túnicas y capa color negro, blandones iluminados, cirios encendidos y disimuladas bolsas de caramelos…, la procesión está a punto de empezar. Las calles del barrio se convierten en la Vía Dolorosa de la Jerusalén ilicitana. El gentío se agolpa y cientos de penitentes en acción de gracias acompañan el dulce caminar de Jesús. “Ecce Hommo, ahí lo tenéis, el Rey de los judíos, el Milagrero, el Nazareno, el Galileo, el que siempre iba con pobres y miserables. Ahí está con su corona de espinas y túnica morada, bajando cuestas y subiendo pendientes, dirección al Gólgota donde será crucificado, muerto y sepultado. El hijo del carpintero. El que hablaba públicamente en la sinagoga y en el templo, al que no entraron culpa, al que traicionaron con un beso. Treinta monedas de plata a cambio de un madero”.


He ahí, custodiado y burlado por la guardia que tira del cordel. Simón de Cirene a su izquierda dispuesto a cargar con la cruz y en el trono Arcángeles, Ángeles, Querubines, Evangelistas, Santos y la Maredeu.


El sentimiento que provoca tos esto en el barrio se escapa más allá y llega al centro de la cuidad. Cuando el firme tocar de Calentura anuncia la medianoche y la oscuridad se apodera de la Plaça de Baix, la Mujer Verónica, reverenciando a su Creador enjuga el rostro de Jesús caído; un paño ilustra su Santa Faz. Se ha vuelto a cumplir la tradición, se ha vuelto a cumplir el milagro. Las gargantas de los costaleros al unísono arrancan vivas desde los más profundo de su ser emprendiendo camino a Santa María.

Al igual que vosotros, yo también preparo la Semana Santa y además como vosotros también me gusta. Con vosotros aprendo, aunque todo parezca igual, año tras año, cada Semana Santa es diferente. No siempre en los desfiles procesionales nos encontramos una estética similar a la del año anterior. Un crespón negro ante la ausencia de un compañero, una nueva distribución bajo el paso, nuevas incorporaciones, más o menos cofrades, todo es diferente. ¿Acaso hace diez años el paso de La Caída de Nuestro Padre Jesús era igual que hoy? Sólo los recuerdos te hacen vivir la Semana Santa que tú quieres, buscando entre la niñez y la madurez, te das cuenta que todo ha cambiado. ¿Os imagináis cómo sería Elche en el año 1371 por ser ésta la primera referencia histórica que se ha encontrado del Domingo de Ramos? Escritores, poetas y pintores la compararon con Jerusalén. La ciudad amurallada rodeada palmeras evocaba a la Hija de Sión.


Como me gustaría retroceder en el tiempo y ver los primeros desfiles de Semana Santa Ilicitana. Los historiadores de aquel entonces son para mí los periodistas del pasado. Gracias a ellos podemos saber algunas cosas de la Semana Santa que precedió a la actual. En este lugar, en los alrededores de la parroquia de San José, hace muchos años, otras gentes, otros críos, otros tambores y otras imágenes también vivieron su Semana Santa.


Hace unos días mi amigo Tomás “Marlonda”, el hombre que me comunicó esta preciosa labor de pregonar la próxima Semana Santa de la cofradía, me decía que le gustaría leer algo sobre la historia de La Caída. Pues bien, aquí tienes la crónica que podrás leer en el futuro: “… el trono de La Caída de Nuestro Padre Jesús está terminado. Domingo 17 de febrero de 2002, pasará a ser una de las fechas históricas para la cofradía. El Obispo de la diócesis, Don Victorio Oliver, llevó a cabo la bendición…”


Quizás algunos de vosotros tampoco hayáis pensado qué supone esto para el futuro, vais a dejar un valioso legado en la Semana Santa de Elche. Habéis cumplido una etapa en al historia de la cofradía. Y seguro que no será la última. Pero no sólo habéis realizado el esfuerzo de hacer un trono y comprar una seda, hay algo más importante. Durante estos diez años habéis compartido, discutido, llorado, sufrido y sobre todo habéis convivido haciendo posible un mismo proyecto y cumplido los objetivos.


Tal vez soy uno de los pocos ilicitanos que no ha participado en la procesión de La Caída, sin embargo desde mi infancia el “Pas de la Caigua” ha estado presente en mi vida. Quien me iba a decir que con los años tendría que hacer este pregón, el séptimo pregón de la cofradía, este es el pregón que anuncia el fin de una etapa y el inicio de otra. El fin porque el trono ya está terminado y el inicio porque pronto, en muy poco tiempo la Tercera Caída, la presencia Mariana en vuestro histórico Vía Crucis está a punto de ser una realidad. Gracias a todos y especialmente gracias a Ti por ser el Señor de la triste, dulce y penetrante mirada. Buenas noches.