Pregón del 2004

Ramón Ibañez Durá

Costalero de Ntro. Padre Jesús de la Caída

Señor presidente, Sr. Cura Párroco. Hermanos cofrades. Compañeros, amigos, y demás asistentes.

Bienvenidos a este acto tan emotivo, como es el de la Eucaristía con nuestra queridísima cofradía.

Ya se acerca el Martes Santo, ya nos viene recuerdos de años anteriores, cuando nos reunimos para acompañar a Nuestro Cristo Caído y a Nuestra Señora.

Los ensayos nos van uniendo, a la vez que nos vamos preparando para el gran día tan esperado por todos los que formamos esta cofradía. Todos los cofrades iremos colocando nuestro granito de arena, los tambores ensayarán nuestro toque, tal peculiar, "jo le vist passar carregat amb una creu.."

La junta cuidará con celo hasta los más mínimos detalles para que todo funciones correctamente. Los alets celarán la devoción y el orden para ofrecer la auténtica procesión que llevamos en nuestro interior, llena de fe y esperanza que acompañará al Cristo en su caminar. Los costaleros nos pondremos nuestras apretadas fajas y las zapatillas, clavaremos los pies en el suelo, y llevaremos a cuestas al Cristo con ese andar recio y respetuoso que ofrecemos a la Caída; meteremos los hombros en las trabajaderas y rezaremos al Padre por dejarnos acompañarle un año más en su estación de penitencia.

Recuerdo aquellos años como costalero de nuestro Cristo, cuando nos reuníamos en la calle 15 minutos antes de ensayar, hablando, haciendo cuadrilla y, a la vez, una especial familia. Se acerca el gran día. Tenemos la sensación de que todo terminará demasiado pronto, pero al mismo tiempo pensaremos que está próximo el día en el que Elche participará, en su Martes Santo, con el dolor de nuestro Padre y eso nos devuelve la sonrisa.

Este año, más que en otros, tenemos más ansias por Él, ya que la mala suerte, por las condiciones del tiempo, no nos dejó disfrutar de este día el año anterior. Pero muchos de nosotros contamos con la oportunidad de intentarlo una vez más, igual que Cristo de sus caídas se levantó. Él nos hace sacar fuerzas para que nunca nos hunda el desánimo.

Este año iremos al encendido de velas a la medianoche. Se contemplarán caras de nerviosismo y miradas perdidas al Cristo y a Nuestra Madre bendita. Todos nos quedaremos pensando en lo que vendrá o en los recuerdos de lo sucedido en años anteriores. El Cristo, con su mirada puesta en nosotros, nos calma y nos enseña el camino que todos esperamos recorrer juntos.

Llegará la mañana de nuestro gran día, iremos a pedirle al Cristo de Zalamea que Él también esté con nosotros, ayudándonos en nuestra estación de penitencia.

Se acercarán las cinco de la tarde y nos pondremos el traje de gala. Unos con túnica oficial, otros con zapatillas y faja, las chicas con su traje negro y faja roja con el rosario y la Junta presidirá las imágenes. La cofradía irá caminito a San José, pasando por el asilo, para ver a los ancianos que nos esperan con tanta ilusión año tras año. Allí, se escuchará la primera saeta al Cristo y nosotros sentiremos que se acerca el momento. Nos dirigiremos a la parroquia donde esperaremos unos instantes para ultimar los detalles. Cuando todo esté listo, será el momento de iniciar nuestro camino, enfilando la cuesta de Santa Ana, hasta Santa María.

La cofradía para todos nosotros significa una parte de nuestras vida, un rincón para recordar, un brazo al que sostenerse como Jesús en su calvario a su cruz. Muchos de nosotros evocaremos el rostro del Cristo Caído, cada uno a su parecer, unos de verlo cada Martes Santo en la cuesta o por las calles de Elche, otros de acercarse a la parroquia y verlo allí al lado de María Santísima del Rosario y muchos de nosotros de participar de alguna forma en la cofradía. Pero de lo que no cabe duda, es que todo aquel que hable de la Caída sólo tendrá buenas palabras y buenos recuerdos para su Cristo y sus cofrades.

Recuerdo el día en que se dijo que el paso de la Caída estaba terminado, y así es, si lo enfocamos como proyecto. Pero en nuestros corazones nunca se terminará, siempre veremos un paso nuevo, lleno de momentos inolvidables. Su andar siempre estará en la calle, las luces se apagarán al ver pasar su rostro. Su Madre caminará, llorando detrás de él, llevada por sus costaleras, que le entregarán su fervor y devoción y así le quitarán un poco de la gran pena que ella tiene aliviándole el camino.

No olvidemos el calor que le ofrece su barrio. La gene que contempla el rostro del Cristo, que de cansancio y dolor cae abatido en el suelo. Se oirán murmullos, que son rezos, para darle amor a su Cristo, para que pueda levantarse y caminar hacia la cuesta destino de su calvario. Esa cuesta que tanto añoramos y tantos momentos de alegría y desazón nos ha regalado. Subimos despacio, para que el Cristo vea a su barrio, y la gente pueda verle pasar, y así, todos juntos, podamos ayudarle.

Es tiempo de reflexión para ver en cada uno de nosotros el amos que Él nos trasmite con su mirada. Tiempo de ver costaleros con la mirada pérdida por el peso, cansancio y dolor; se respira la fe. Las miradas de toda la cofradía estarán puestas en Ntro. Padre Jesús de la Caída y María Santísima del Rosario. En este tiempo, todos nos uniremos y brotarán lágrimas de alegría, aliviadas al saber que nuestro Cristo ya no le pesa tanto la cruz.

Los nazarenos serán guiados por el camino que lleva a la basílica de Santa María. En el trayecto, Jesús tendrá el tradicional encuentro con la santa Mujer Verónica, que le enjugará el rostro. Pasaremos el tramo donde nace el verdadero costalero, la calle ancha, el último recorrido, las últimas levantás, donde las fuerzas flaquean, donde nos ayudamos más que nunca unos a otros, donde prestamos la mano a quien nos la pide, y el corazón a quien lo necesite, al que no pueda más. Terminando la noche, la cofradía arriba a la basílica donde la Virgen de la Asunción recibirá un año más a su Hijo. "¡Un poquito menos!", se le oye al capataz, "¡pararlo ahí!, ¡ahí quedó!" Nadie quiere que termine tan deprisa nuestra estación de penitencia. Por última vez se oirán las cornetas y tambores de la cofradía aliviándole el paso al interior de la iglesia donde terminará nuestro Martes Santo. Ya sólo queda esperar al Viernes Santo para que vuelva a su barrio donde tanto le echan de menos. Allí quedará para que su gente le pueda rezar todo el año, como siempre hacen con su Cristo caído.

La parte más complicada y que más cuesta de asumir ocurre ese Viernes, cuando tenemos que asimilar la dilatada espera de un año más para volver a llevarlo por las calles. Para muchos de nosotros es una eternidad, ya que no es tan fácil quitarnos de la cabeza que se ha terminado todo. Muchos de nosotros al quedarnos solos en las calles, camino hacia nuestras casas, miraremos a nuestro alrededor, y al ver que no hay nadie, iremos racheando como si todavía lo tuviésemos con nosotros.


Me gustaría definiros, en pocas palabras, que ha sido para mí la cofradía. Pero creo que no sería capaz, pues son tantos momentos y sentimientos los que me vienen al a mente que me costaría escoger uno entre todos ellos.

La pregunta más demandada y a la que me atrevo a dar contestación es qué significado tiene para mí ser costalero. Ser costalero de la Caída es para mí, y creo que coincidiré con el pensar de mis compañeros, una sensación tan grande que sólo cuando estamos a solas con nuestro Padre bendito y cuando ves que la gente sale a rezarle y a darle gracias por volverlo a ver un año más, cuando el sentimiento de muchos se transforma en uno solo, es ahí cuando sientes lo que es ser un costalero.

Una de las cosas que no olvidaré cuando ya no lo sea, es a mis compañeros de trabajadera y capataces, con quienes tantos momentos de esfuerzo y alegría nos han unido hasta el punto de vernos como una familia. Muchas veces me pregunto qué haré yo sin ellos. Mi respuesta final es un vacío que sólo hace que mi pulso tiemble y alguna lágrima se me escape. A vosotros, hermanos costaleros, que hasta vuestra últimas gotas de fuerza le ofrecéis al Cristo caído, sin pedir nada a cambio, desead que el amor del Señor jamás os abandone, pues seguro que habéis ganado un trocito de cielo. Recordad a todos los costaleros que han pasado por vuestro paso de misterio, y todos con una cosa en común, que no es otra cosa que el Señor siempre se sienta acompañado por sus hijos costaleros. He escrito una poesía salida de esos momentos de soledad cofrade cuando todo parece tan lejos.

"Tú me das fe y luz a mis ojos, eres el sol que ilumina mi camino....."

Con estas palabras me despido de todos vosotros, no sin antes daros las gracias, de todo corazón, a todos y cada uno de los que formáis esta cofradía por lograr esta gran familia y estar con Jesús de la Caída y María Santísima del Rosario en todos los momentos. Daros las gracias a vosotros hermanos costaleros, por el compartir sudores y esfuerzos que entrelazan con sentimiento y amor, a vosotros que recorréis la dura estación de penitencia junto a mí, que el Señor os dé siempre salud junto a vuestras familias. Jamás os podré olvidar. No me olvido de mis capataces, que han puesto luz cuando todo nos parecía tan oscuro en el camino. A la Junta de la cofradía por darme el privilegio de ser el pregonero de este año. Un sentido recuerdo para los alets y tambores, como también al grupo que forma, la cuadrilla de María Santísima del Rosario. Con esto termino deseando que Dios os Bendiga a todos. Gracias.