Señor Reverendo, Presidente, miembros de la Junta de Gobierno, cofrades de la Caída de Nuestro Padre Jesús y María Santísima del Rosario en sus Misterios Dolorosos, amigos de todos.
Llevo muchos años en esta cofradía, tantos que no recuerdo lo que es no formar parte de ella. Nada mas nacer, mis padres pensaron en hacerme mi primera vesta y desde ese momento me iniciaron en lo que es ser y sentirse parte de la Semana Santa.
Recuerdo cuando era pequeña y llegaba esa época en la que se agudizan los trabajos para luego procesionar.
Como todos los años, para martirio de mi madre, mis hermanos y yo golpeábamos con nuestras manos sofás y mesas, reproduciendo ese toque tan identificativo y peculiar que siempre había sonado en nuestro hogar. Mil novecientos ochenta y dos fue un año muy especial, mi hermano Francisco cumplió ocho años y ya podía formar parte de la "Banda de los Tambores", años más tarde Javi también se incorporó a ese maravilloso mundo de la baquetas y el tambor. Mientras yo, que ansiaba como nadie disfrutar de ese privilegio, tenia que conformarme con ser penitente, escuchando el sonido hondo de los tambores y la dulce melodía de la corneta.
En mi faceta de penitente, veía a los alets subir y bajar las calles organizando la procesión, sin imaginar que su trabajo había empezado meses antes: arreglando blandones, ajustando cuerdas, formando los grupos.... preparando mil y un detalle para que todo saliese lo mejor posible. Con el natural nerviosismo y la esperanza de ocupar un buen sitio para seguir de cerca a Jesús, enganchaba y esperaba impaciente el sonar de los tambores, que anunciaban que pronto íbamos a salir.
Después de muchos ruegos, esfuerzos y el pasar de los años, llegó el momento, tantas veces soñado, de poder ver realizado mi deseo: ¡ser un tambor de La Caída! Una de las primeras mujeres que formaría parte de la banda. Con muchos nervios y gran ilusión llegó mi primer año como tambor, para mí que había sido penitente, era una forma distinta de acompañar al Cristo Caído, lo que me producía una profunda emoción.
Era una nueva experiencia sentirme parte del grupo privilegiado de personas, que trabajan sin pedir nada a cambio, para sacar la imagen de Jesús a la calle.
Durante mis años en la banda, tuve la oportunidad de vivir experiencias inolvidables. Entre ella, recuerdo una entrañable que dejó en mi alma una marca imborrable, por el significado de fe cristiana que encierra. Conocí, por casualidad, a una anciana del barrio que esperaba todos los años en la cofradía la salida del Cristo.
Me contaba, con su voz cansada, como toda su vida le había alumbrado desde San José a Santa María. Aun recuerdo con emoción como, a pesar de que sus piernas le fallaban y tenía que ayudarse por unas muletas, quería acompañar a Jesús en su traslado a San José. Desde mi sitio en el grupo de tambores, delante del paso, solía girarme hacia atrás y veía como a paso lento y con gran esfuerzo, esta anciana cumplía con su deseo de seguir acompañándole. Varios años estuvimos disfrutando de su compañía, hasta que no acudió a la cita. Seguramente ese año volvió hacer su recorrido acompañando al Cristo con la misma fe y desde un lugar privilegiado.
Tampoco olvidaré, a otra mujer que nos observaba atentamente en los ensayos después de sus clases en la UNED. Noche tras noche, veíamos como se quedaba discretamente a cierta distancia escuchándonos. Un día durante un descanso se me acercó y se interesó por detalles de la banda. Durante nuestra charla, me contó que era de Zaragoza, que añoraba el sonido de los tambores y nuestro toque le traía recuerdos de su tierra. Siguió acompañándonos durante muchas noches más, un lunes se acercó y me regaló una medalla de la Virgen del Pilar, que desde ese momento llevo conmigo.
Mi etapa de tambor llegó a su fin, nunca la olvidaré. Ahora vuelvo a vivirla de otra manes a través de mis hermanos, sigo sus esfuerzos, el cariño que siempre ponen para que todo salga bien y superarse.
Conforme pasaba el tiempo, la cofradía se transformaba. Un grupo de personas emprendedoras, trabajó con mucha ilusión y sacrificio para realizar un doble sueño: por una parte, comprar un local que sirviera de sede a la cofradía y por otra, encargar el proyecto de un nuevo paso. El artista sevillano don Manuel Bejarano fue el encargado de realizar la obra de arte que hoy pertenece a a cofradía. El primer año cuando llegó la parihuela y el frontal de la canastilla, muestra insignificante si la comparamos con la obra enteramente acabada, produjo un gran impacto, que fue repitiéndose en años sucesivos cada vez que una nueva parte del proyecto se incorporaba. Todos deseábamos ver finalizado el trabajo de don Manuel, un anciano encantador, que hacía maravillas tanto con un trozo de madera y unos cinceles como con una pella de barro surgiendo de sus manos trabajos admirables, como toda su obra.
El nuevo paso, hizo que gente nueva llegara a nuestra cofradía: los costaleros, personas que desde ese momento nos hacen disfrutar con su arte de portar el paso como si la imagen del Cristo anduviera realmente. No me hubiese importado poder sentir el recogimiento y los sentimientos que bajo el paso, cuentan que se viven.
Recuerdo unas palabras que escuché a Pedro Escuin que definen las dos formas de vivir una Semana Santa, quizás las habéis escuchado y dicen:
Entre los respiraderos de un paso, la delgada cárcel cuyo techo tiene alfarjía por trabajadera, limitan dos mundos. El de fuera y el de las gentes de bajo. El uno, emparentaba y casaba con el terciopelo, el color, el oro y el bordado realce. El otro, con la fatiga, el sudor, lo gris y el esfuerzo ingrato. Entre un mundo y otro una rejilla de tela metálica, como de locutorio monacal, hacia las veces de frontera. Los costaleros acodados en la zambrana del paso, asoman sus curtidos rostros, sus alpargatas, sus carnes. Costaleros de inconfundible atuendo, camiseta blanca, fajas estrechas por encima del pantalón y brazos de puro nervio. Hombres que proclaman en la calle la buena nueva, que comienza diciendo "todos por igual valientes, a esta es"...
Estos mismos sentimientos son los que experimentan las costaleras con la Virgen del Rosario. A pesar de llevar poco tiempo, se ve como ponen todo su empeño para salir a la calle y mostrar a la Madre de Dios, que en oración acompañan a su hijo.
Ver a las camareras como la engalanan y cuidan con mimo hasta el último detalle para que este si cabe más guapa es nuestra devoción que nos inspira a todos.
La unión de este trabajo hace que una vez que pase la Virgen, los párpados se cierren en un intento de guardar la imagen en el corazón y el recuerdo.
Como parte de la camareras, puedo asegurar que tenemos muchas ilusiones y proyectos, sabemos que nos queda mucho camino por delante, pero estamos convencidas que como ocurrió con el Cristo, llegará el día en que la veremos por la calle como ella se merece.
Doy gracias a que mis padres, que nos inculcaron estos sentimientos. Ahora yo, como madre, soy la que intenta que mi hijo sienta el significado de la Semana Santa y disfrute de ella.
¡COMIENZA LA SEMANA SANTA!:
Para nosotros los cofrades de la Caída, se inicia en la media noche del lunes de Pasión. El grupo de costaleros y costaleras, se encaraman encima de los pasos e inician el encendido de las velas. La gente se amontona frente a las puertas de la cofradía, están cerradas, dentro suenan los tambores, la corneta le acompaña con una saeta, después, SILENCIO, se escucha el martillo y la campana, poco a poco se van abriendo las puertas, un tenue olor a incienso y un leve resplandor de cirios encendidos invaden el ambiente, todo esta en silencio, mi padre inicia el Padre Nuestro, un coro de voces sigue la plegaria, los cofrades empiezan a entrar en la sede para observar desde más cerca al Cristo y a la Virgen que están preparados para empezar su camino.
¡MARTES SANTO! llega el esperado momento. En la calle comienza el ritual de enfajarse costaleros y costaleras.
Los costaleros guiados por las voces de sus capataces inician la maniobra más difícil y costosa, que entrecorta la respiración de los presentes, sacan el paso de Cristo por la ceñida puerta de la Cofradía. Como si tal dificultad no existiese, salen airosos. La virgen sigue sus pasos. ¡Ya están en la calle! Camino de San José se produce una parada en el Asilo donde los ancianos, un año más, esperan en sus sillas que el Cristo y la Virgen hagan una corta pero agradecida visita. Llegados a San José los costaleros y costaleras descansan unos instantes, mientras los alets se afanan ordenando las filas de penitentes.
A la orden del jefe de desfile empieza nuestra estación penitencial. Personalmente la dividiría en tres tramos, que son los más significativos para mí.
El primer tramo: la subida a la cuesta de Santa Ana. Donde siendo tambor parábamos casi en el centro, de la corneta salía: "mirarlo por donde viene ..." . Recuerdo que echaba la vista atrás y veía, entre dos senderos de luces y gente que se agolpaba en las aceras, el brillo de las velas que iluminan en la oscuridad de la noche el rostro de Jesús, que despacio, my despacio, subía vacilante, camino del calvario. Desde hace unos años, su madre la Virgen, le sigue rezando el Rosario.
Se produce el segundo tramo: El encuentro con la Verónica. A pesar de haber salido tantos años, lo habré visto solo unas cinco veces. Aunque siempre impresionante, la vez que más me impacto fue siendo niña cuando se produjo el Encuentro con la antigua imagen de la Verónica. Supongo que fue debido a mi corta edad u la sorpresa que produjo en mí ver como de un pañuelo blanco que llevaba al descubierto, de repente apareciese la cara de Jesús. La última vez que lo presencie, además de disfrutar con la representación de este episodio de la pasión de Jesús, me llamo la atención la gente que allí se reunía para ver el Encuentro más antiguo de la ciudad.
Por último: la basílica de Santa María. Una vez finalizado el encuentro con María en las puertas del templo, parece que el camino para terminar sea más corto.
Llega el momento más triste y penoso, en la puerta de la basílica se le dedica la última tamborada y el sonar la corneta. La banda junto con los alets, penitentes y la Virgen arropan al Cristo. Los costaleros y costaleras se resisten a traspasar el umbral de la basílica, haciendo caso omiso a las enérgicas voces de sus capataces. Los allí reunidos, se niegan a dejar de acompañarle. Ya entra, ya camina por la nave mayor del templo. TODO HA TERMINADO
Ha empezado un nuevo año, que los alets preparan sus cuerdas y blandones, que suene los tambores y cornetas, que se enfajen los costaleros y costaleras, que resonará el llamador y la campana, que en la calle devoción, la gente espera.
Muchas gracias y buenas noches.