ENTRE RECOVECOS
Cuando llegué por primera vez, no lo creía, tenía esa sensación tan peculiar, tan característica que muchas veces sentimos. Ya había estado allí antes, ya lo había vivido antes. Pero yo sabía que eso era imposible, yo sabía que no tenía sentido, no tenía razón de ser. Recorrí todas sus esquinas, memoricé todos sus requiebros y recovecos, y me perdí en cada tramo, en cada adorno, en cada símbolo, en cada rincón.
Cada vez que volvía, descubría algo nuevo. Aquel sitio me envolvía de tal manera que se ralentizaban las agujas del reloj; era un lugar apacible y tranquilo, pero con la fuerza y carisma necesarios. Y no podía ser menos, desde el momento que se diseñó, desde el instante que se creó y con la ilusión que se esperaba; se podía intuir que iba a ser muy especial.
Me propuse disfrutar cada momento, cada segundo que estuviera allí; eran esos los únicos instantes en los que podría estar más cerca y sentirte Padre mío. Y cuando todo se acababa siempre soñaba con volver, soñaba con esos momentos que quedan afianzados en la memoria para siempre, esos momentos que nunca olvidaré.
En él hemos llegado a sentir al menos en un instante la soledad, nos hemos unido en uno aunando fuerzas, y nos hemos hermanado para siempre. En él, queridos compañeros, nos hemos emocionado, ilusionado, llorado, y ¿por qué no?, también reído. En todos estos años, muchos hemos disfrutado ya de él, algunos quizás no lo han sabido entender, pero eso sí, a todos nos ha seducido el encanto de nuestro trono.
PREFACIO
Señor párroco
Señor presidente de nuestra cofradía
Miembros de la Junta de Gobierno
Cofrades
Fieles
Amigos todos.
En el nombre de Dios y en el de nuestra comunidad cofrade. Así os quiero hablar esta noche. Primero en el nombre de Dios, y a Él le pido que ensanche y dilate mi voz y mis sentidos, ponga calor en la sangre de mis venas, lealtad en las intenciones de mi espíritu y sentimiento a la verdad; para pregonar al viento con toda la intensidad del latido de mi corazón. Dame pues Señor la fuerza, firmeza y temple necesarios.
Constituye para mí un honor inmerecido y motivo de profunda satisfacción, que se me haya designado para pronunciar este año el pregón de Semana Santa de nuestra cofradía. Y es sobre este atril, desde donde me voy a dirigir a vosotros, desde donde mi alma se va a sincerar y desde donde espero emocionar vuestros corazones.
Si el encargo de pregonar la Semana Santa es para mí un orgullo, también es motivo de inquietud, y no sólo por la certeza de que no alcanzaré la altura de mis predecesores, sino sobre todo porque la palabra es un instrumento demasiado torpe y limitado para referirse a los sentimientos. En este punto, quiero recordar al pregonero del 2004, del que además he escuchado las más sentidas saetas.
Quiero daros las gracias por acompañarme y arroparme en este día tan importante para mí, y musitando esta plegaria doy comienzo a este pregón:
Ante ti me arrodillo,
bajo tu trono me pongo,
con orgullo te porto,
y mirando a tus ojos
dirijo esta oración;
¡Padre Caído!
¡Dame tu aliento
en estas palabras
que emanan de mi interior!
OLOR A INCIENSO
Ya ha llegado el momento, ya todos aguardamos impacientes. Mi reloj marca casi la medianoche y como todos los años ya nos hemos agolpado frente a la Cofradía. Creo que ha venido más gente que otras veces, pero eso lo pienso cada año. Se abren las puertas y como si no nos lo esperáramos, siempre nos sorprende. El tenue resplandor de los cirios ilumina el sereno y abatido rostro del Cristo, y la dulce y triste mirada de la Virgen. La emoción contenida se funde con el incienso, ya es Martes Santo.
A veces no le damos importancia a ciertas decisiones que tomamos en la vida, o tal vez siempre acabamos por concluir que son casualidades; pero lo cierto es que cuando recuerdo cómo llegué a formar parte de la cuadrilla de costaleros, me doy cuenta de la razón que tiene un compañero cuando afirma: "tenemos que sentirnos orgullosos, ha sido Él quien nos ha elegido para estar aquí".
Hace ya más de una década, y aún recuerdo como aquella mañana me llamó la atención aquel mensaje que vi en el pasillo del instituto, este informaba de la falta de costaleros para el nuevo paso de nuestro Santo Padre. En ese primer momento no me lo planteé, pero no me imaginaba lo que iba a significar para mí a partir de entonces.
Pertenezco a una familia de profundas convicciones religiosas, pero nunca habíamos pertenecido activamente a ninguna cofradía, ni hermandad. Estuve dándole vueltas a la idea, y fue al día siguiente cuando me interesé por el tema y esa misma noche había ensayo. Era el segundo, no creo que hubiese más de una docena de compañeros y jamás en todos estos años he podido olvidar aquella primera levantá.
Ha pasado ya mucho tiempo, y más de una vez y siempre desde el pensamiento racional he intentado darme a mi mismo una explicación del porqué de ese fervor, del porqué de ese sentir costalero, que llega a rozar la adicción; pero os tengo que confesar que nunca lo he conseguido. Solamente los que compartimos esa devoción y siempre desde el plano de los sentimientos y con un punto de locura, podríamos llegar a entenderlo y darle sentido.
Llega la Semana Santa y volveremos a vivir, con mayor ímpetu si cabe, aquellos sentimientos que durante el año perduran en nosotros. Viviremos una exaltación de los sentidos, percibiremos de nuevo los perfumes de pasión. El olor a cera, incienso y claveles se entremezclarán con los aromas que nos trae la nueva primavera. Se fusionarán en una bella armonía el sonido de cornetas y tambores, con el racheo de nuestras zapatillas, el desgarrador crujir de la madera y el replicar del llamador.
LAGRIMAS EN EL UMBRAL
Nos hemos enfajado. Estoy nervioso y como cada año las emociones afloran en estos momentos, siempre pensé que acabaría por acostumbrarme, pero sucede todo lo contrario y los sentimientos, recuerdos y afectos se entrelazan provocando una sensación de desasosiego. Estamos bajo del paso y será entonces, al sonar el golpe seco del llamador, cuando el paso se haga gozo, ritmo y recobre vida; será entonces cuando otro año más el barrio nos acoja y cuide en cada tramo. Rezamos una oración rogando realizar una buena estación de penitencia y ya es irremediable las lágrimas se escapan y sin pedir permiso se adueñan de mí. Estamos cruzando el umbral de la cofradía, los destellos de la luz del sol se filtran por los respiraderos, ya casi todo el paso está sobre las tarimas. La calle estalla en aplausos y ovaciones.
La Semana Santa es tiempo de ritos, símbolos, costumbres,… es tiempo de devoción. Pero esta debe ser una devoción compartida, una devoción única, aunque eso sí, con diferentes nombres, advocaciones e instantes de la pasión. No debemos dejarnos llevar por la emoción y convertir la semana más importante del año en una competición entre cofradías. Se debe fomentar una rivalidad sana que nos ayude a crecer y a superarnos año tras año, sin caer en contiendas, roces u hostilidades.
En todos estos años hemos vivido un proceso de evolución y cambios, en los que, poco a poco, hemos ido haciendo, entre todos, realidad nuestros proyectos e ilusiones; hemos crecido como Cofradía tanto en lo humano, como en lo material. Si una cosa he aprendido en todo este tiempo es que todos somos necesarios y cualquiera que sea la labor que realicemos, todos somos esenciales; como una pieza de un puzzle, que necesitamos para poder disfrutar de la obra completa, como un pequeño engranaje, que necesitamos para que funcione un complicado sistema de relojería. Pero no nos equivoquemos, nadie es indispensable ni imprescindible y tan sólo las lágrimas del cielo impedirían que saliese a la calle Nuestro Santo Padre.
Siempre en estas fechas me asalta el mismo temor, si éste será el último año, si ya no volveré a las trabajaderas; pero seguramente cuando llegue ese momento, cuando ya no sea posible, cuando “lo vea andar”, me aferraré a todo lo vivido, todas las experiencias compartidas, a todos los recuerdos. En ese momento, seguro que egoístamente, no lo concibo; pero me puedo sentir satisfecho y humildemente aceptarlo. Tanto para lo bueno como para lo malo, nada es eterno y todo llega a su fin. A Dios le ruego encarecidamente que se dilate en el tiempo ese momento, pero me pongo en sus manos, yo sé que Él obra sabiamente y todo siempre sucede por algo.
SANTA ANA SIENTE
Ya se ha hecho completamente de noche, la Plaza Reyes Católicos ha quedado atrás, aunque quiera ya no puede seguir acompañándolo. Santa Ana nos espera, nos acoge y nos envuelve con mimo y con cariño; como si no nos quisiera dejar marchar, sabe que su Cristo tardará un año en volver. La parroquia es testigo desde lejos y orgullosa cede el Caído al barrio por unas horas, que se conforma disfrutándolo hasta el último segundo. Las marchas, las voces de aliento de los capataces, las indicaciones de los voceros y el racheo de las zapatillas, se entrelazan y tejen de una forma melódica y armoniosa. La oscuridad bajo el paso es casi total. Nos hemos cogido de las manos, quizás buscamos ese apoyo necesario en los momentos más difíciles. Yo sé que no estoy solo. El alma se encoge como para tomar fuerzas y posteriormente explotar derrochando coraje y osadía. Las luces del semáforo iluminan el trono, el final de la cuesta ya está cerca.
En la mayoría de las salidas de la cofradía, he procesionado en el costero, lo que me ha permitido, desde el anonimato, poder ver a los fieles que aguardaban para ver a Nuestro Padre. He podido observar, en diferentes años y en diferentes personas, la misma expresión en el rostro. Este se podría definir como un mosaico, donde se encuentran las teselas de devoción, fervor, y cómo no, de fe y esperanza.
Hay una imagen que llevo grabada en la retina y de la que pude ser testigo hace unos años. Nos encontrábamos parados y me había sentado en el asfalto para descansar, a pesar de todo el bullicio de la calle, pude distinguir el llanto de un niño. Me incorporé y entre los huecos de los respiraderos, miré a ver si veía algo, pero estaba muy oscuro, íbamos a comenzar la cuesta.
Cuando comenzamos la chicotá y gracias al foco de una cámara pude distinguir entre el gentío; se trataba de un bebé, que estaba en brazos seguramente de su madre y que, debido a la oscuridad y el resonar de cornetas y tambores probablemente estaba asustado. Miraba a todas partes y de repente, fijando su mirada hacia la parte superior del trono, cesó de llorar y consolado mientras señalaba al Cristo, bosquejó una sonrisa. ¿En qué pensaría esa inocente criatura?.
En otra ocasión, pude distinguir a una anciana que, desde de su ventana, emocionada y temblorosa, susurraba algo mirando hacia el paso, que obviamente no logré distinguir. Sólo Dios, sabrá cuales fueron sus súplicas y ruegos; y por qué razón tenía la mirada tan desconsolada. Cuántos años habrá visto pasar al Caído por su puerta. Cuántas veces le habrá implorado, rezado, cuántas veces le habrá dado gracias.
Decidme, si detalles como estos no hacen que merezca la pena el esfuerzo, si imágenes como esta no justifican el empeño, si estas pinceladas no avivan la devoción, alimentando con tesón el sentir costalero.
POR LAS CALLES DE ELCHE
Estoy cansado, muy cansado, hace ya dos chicotás que cada paso requiere un esfuerzo tal, que no sé si voy a poder continuar. Me he cambiado el pañuelo de la frente y he bebido agua, hace al menos tres años que no pasábamos tanto calor. Llegamos al final de la calle y un luminoso permite que distinga las facciones de un compañero. Sus ojos le delatan, está fatigado, pero esboza una mueca de complicidad y con una leve sonrisa me da un apretón en mi mano derecha. –Menos pasito corazones- anuncia un capataz, arriamos el paso y descansamos; la Plaza Mayor está muy próxima.
Podría hablaros de muchas vivencias, de muchos instantes, de paradas obligatorias en procesión y levantás dedicadas año tras año; pero todos vosotros formáis parte de ello y de sobra conocéis todos estos momentos, todas esas experiencias.
Empieza ya a saber a incienso la palabra, hace ya tiempo se oyen tambores a lo lejos y ya se cruzan las esquinas con las sombras de las parihuelas de ensayo. Y es que pronto los penitentes tomarán nuestras calles, abriendo paso, escoltando, guiando, y ¿cómo no?, alardeando orgullosos de su cofradía. Y es que ya está aquí, ya acabó la espera.
Y sucedió en primavera, no podía ser de otra forma, la estación más exagerada, la más coqueta, la más vistosa; y tenía que ser de esa manera. Ella se funde con las calles, engalana el ambiente, reparte perfumes y adorna rincones. Ella viste la escena, no falta ningún detalle, todo está preparado, todo está dispuesto, ya toca, ya acabó la espera.
Y tuvo que suceder en primavera, cuando todo florece, cuando todo luce más bello, cuando todo ofrece sus mejores colores. Y tuvo que ser así, Padre Mío, en primavera, cuando Tú estabas caído, en esa estación pasajera.
ANTE LOS OJOS DE LA PATRONA
Ya hemos llegado, es paradójico pero es así, con un lento trayecto pero un discurrir rápido, ya estamos en la Basílica. Hemos girado y pacientes aguardamos que llegue la Virgen. Cada Martes Santo, Señora del Rosario te conviertes en un velero de amor que, con candor y entereza, navegas sobre un mar de abnegadas costaleras; suenan las marchas y son muchos los corazones que te acompañan, y muchos los ojos que te ven tras esperar un año entero. Vosotras costaleras acariciando el asfalto y derrochando gracia, orgullosas la paseáis, la mecéis, la acunáis. Incluso al anochecer, la luna ha salido impaciente, no quería perdérselo. Enseguida viviremos, quizás el acto más íntimo de nuestra Cofradía, aquí estamos todos, es un momento muy especial. La brisa acaricia el rostro de Nuestro Padre, incluso aquí debajo se puede notar. El encuentro con Maria Santísima sabe a despedida y afligido me aferro a estos últimos minutos. La Patrona nos aguarda e irremediablemente suena la "Marcha Real".
Quiero dar las gracias a todos los capataces que desde el inicio de nuestra andadura nos han guiado e iluminado en nuestro caminar con una valentía y valor inmensurables. Pero el agradecimiento se convierte en admiración cuando pienso en mis compañeros de trabajadera de todos estos años. A todos deseo que Nuestro Padre preserve de todo mal y acoja en su seno. Enumerarlos sería una labor tediosa y tal vez injusta, por si por descuido, cayera en algún olvido, pero me vais a permitir una licencia, hay dos familias muy importantes para mí; con ellas el compañerismo se hizo amistad, y la amistad dio paso al cariño; y sé que con los apellidos Latorre y Bustamante siempre estaré vinculado.
Una afectuosa mención quiero ofrecer para las costaleras de María Santísima, os animo a que no flaqueéis ni decaigáis en vuestro nuevo proyecto, en muchas ocasiones con nostalgia me recordáis nuestras andanzas. No quiero dejar en el tintero a tambores, alets, camareras y penitentes, integrantes de esta gran familia que acompañan a nuestros titulares y hacen posible, más si cabe, ensalzar su imagen.
Quiero dedicar este pregón a mis padres que me dieron el don de la vida y el don de la fe; a mis hermanas, pilares insustituibles de mis proyectos y logros en el día a día. Y por supuesto a ti, Inma, por tu aliento, tu amor y tu comprensión sin límites, que me han permitido disponer de la templanza necesaria para reflejar mis sueños sobre el papel.
FRENTE A LA HORNACINA
El silencio es sepulcral, me adentro buscándolo, la distancia se hace eterna pero finalmente lo encuentro, siempre lo encuentro, siempre está ahí, ese es el consuelo. Ahora con unas oraciones y su mirada penetrante me tengo que conformar. De nuevo la parroquia lo custodia, lo acoge y es la codicia de todos. Paso unos minutos frente a Él, pero no es suficiente. Como siempre sólo me queda la espera, sólo han pasado unos días desde Semana Santa y ya me parece toda una eternidad. Experimento entonces un sentimiento de desamparo, de desasosiego, de abandono; pero es irreal, Nuestro Padre Caído siempre está con nosotros, nos ampara y resguarda. Me persigno y abandono la hornacina, con el semblante tal vez triste pero, con el espíritu firme y el alma renovada.
El sentimiento es difícil de hacerlo palabra, las vivencias son complicadas de expresar, y el corazón no siempre se puede interpretar; pero que fácil es sentir, vivir y entender aunque a veces nos empeñemos en complicarlo. Todo llega a su fin y este humilde pregón no iba a ser menos.
Con estas palabras me despido, dándoos las gracias de todo corazón y con la súplica a Nuestro Padre Jesús de la Caída y a Maria Santísima del Rosario en sus Misterios Dolorosos, para que nos guarden y protejan a todos, y nos otorguen la salud necesaria para estar aquí muchos años.
Buenas noches.